sábado, 9 de febrero de 2013

LA FIEBRE DEL TECHO

De dos gotas de humedad nacimos ayer. Entendiendo mucho y creciendo hacia arriba. Luego en todas direcciones. Decir “hola” era abrir un espejo deformante. El aire bajo nuestras pisadas se sentía fresco y extremadamente musical, vibrando con los bajos de acontecimientos procreados en el piso de abajo. Las luces de las pupilas titilaban más con cada cambio en la armonía. No necesitamos dar vuelta, el planeta lo hacía y nos situaba en cada nuevo momento. Lo líquido dejaba de hablar, participaba de nuestras metamorfosis como un juego más. Hiperestético.
La humedad nos depositó en la orilla, y se veía como un nocturnal mediodía. La densidad de la luz nos transportó hasta la nieve. Era como una despedida. No había despedidas. No es concebible. Jugaba un largo inquieto amanecer.